La soledad no es ausencia, sino presencia de uno mismo. Es en esos momentos de quietud, lejos del ruido y las expectativas de los demás, cuando surge la oportunidad de encontrarnos realmente .
Nos enfrentamos a nuestras propias voces internas, sin distracciones, sin máscaras, sin la necesidad de complacer o encajar.
Al principio, puede ser incómodo. La mente busca llenar el vacío con ruido, con recuerdos, con preocupaciones. Pero si aprendemos a quedarnos en ese silencio, poco a poco descubrimos lo que realmente sentimos, lo que nos inspira, lo que nos duele y lo que anhelamos. La soledad se convierte en una maestra exigente, pero justa, que nos muestra lo que hemos estado evitando y nos invita a hacer las paces con nosotros mismos.
Es en esos momentos cuando comprendemos que la validación externa es fugaz, pero la conexión con uno mismo es inquebrantable. Aprendemos a ser nuestra propia compañía sin miedo, a disfrutar del tiempo con nosotros mismos y a entender que estar solo no significa estar vacío. Al contrario, es una oportunidad para llenarnos de autenticidad y construir desde adentro lo que queremos reflejar en el mundo.